LA BATALLA POR EL PORTICULIS
6 de Julio de 2010
Mi nombre es Drago. Soy un escorpión gigante en el honorable servicio del Ejercito del Rey Agua, monarca absoluto de Ciudad Paleta.
No soy el único escorpión gigante en Ciudad Paleta. Mi pueblo es originario de las Montañas Centauro, donde vivimos en cuevas muy profundas. Pero muchos de nosotros somos aventureros y viajeros, siempre en busca de nuevos horizontes. Así fueron mis padres, bueno, mas bien dicho, mi madre. Ella dio luz a unos 150 hermanos y hermanas mías ya hace unos treinta años atrás. Nacimos todos en la cercanía de Ciudad Paleta, en el Bosque Paleta y poco después de devorar a nuestra madre, como es costumbre de nuestra raza, nos dividimos y fuimos al mundo. Cuantos de nosotros sobrevivimos es difícil de decir. Lo que si es seguro es que yo tome la decisión correcta en ir a Ciudad Paleta de jovencito.
No sabia nada de nada yo en ese entonces. Solo conocía el hambre. Fue mi fortuna que yo y unos tres hermanitos míos fuimos recogidos por un hechicero hombre lagarto que rápidamente nos alimento, nos dio una guarida y nos enseño a comprender el lenguaje común de todos los seres inteligentes que viven en nuestro mundo.
Y pues, así comenzamos nuestras vidas como Ciudadanos. A mi, por mi fuerza y habilidad natural de “convertirme en piedra” se me dio el trabajo de cuidar el Porticulis de Las Tres Torres, esos edificios que representan el Gobierno de Ciudad Paleta, y claro las residencias reales. El porticulis es una enorme puerta de hierro de 50 metros de ancho por 100 metros de largo que da al norte con las torres y al sur con el pueblo. Alrededor de las Tres Torres hay una gigantesca muralla de ladrillos de mas de 100 metros de altura, hecha por el Consejo de Ancianos, los originales fundadores de Ciudad Paleta antes de su derrota por el Rey Agua, que libero a los Hombres Lagarto de sus dueños.
Pero la historia de Ciudad Paleta no es mi trabajo. Mi trabajo es cuidar del Porticulis gigantesco posado como si fuera yo una estatua que esta justo en frente de la gran puerta. Mi habilidad natural es un estado de animación suspendida que generalmente dura todo el invierno. En mi hogar natural, la nieve duerme a mi tribu entera, pues somos todos de sangre fría. Para defendernos de nuestros depredadores, dependemos de un camuflaje natural de nuestro exoesqueleto que aparenta ser simple piedra. Esta hibernación es puramente voluntaria y puedo romper mi sopor con mi voluntad propia.
Estos dotes remarcables me dieron ciertos privilegios en el ejercito. Rápidamente mostré mi habilidad como guardia deteniendo varios intrusos a Las Tres Torres. El buen Rey Agua se compadeció de mi y me dio rango de Capitán. Esto, por que a causa de mi forma y lenguaje extraño, jamás se me dieron tantos amigos entre los rangos de enanos, elfos, hombres lagarto y minotauros, que eran los mas comunes soldados rasos en el ejercito. Mi rango aseguro mi respeto entre los reclutas.
Pero digamos que la responsabilidad que vino con ese puesto para mi tomo algo de misión sacra. En el vaisnavismo, religión oficial de Ciudad Paleta, el Rey es también santo, y digno de veneración. Pues, el Rey Agua se ha convertido en mi Dios personal, a quien sirvo con toda alma y cuerpo.
En fin. Platiquemos del dichoso día. Me da poco placer recordar esos momentos terroríficos y tristes, pero es mi deber en este relato. Fue a las nueve 11 en punto de la mañana. Mis cuatro compañeros del turno, un humano, un enano, un kobold y un elfo disfrutaban el desayuno, un poco de prasadam dulce y café. Yo solo conocía al humano, un gigantesco vikingo llamado Olaf de las tierras de Valhala, donde los Dioses son fieros y temibles.
Alrededor de nosotros, una docena de personas, principalmente papas con sus hijos en camino a la escuela pasaban por Avenida Torres, donde el gran porticulis se abre hacia el sur. Representaban un arco iris de razas y tribus, kobolds, hombres lagarto, elfos, hombres dragon, trolls… Todos en santa paz entre ellos, gracias a la iluminada misión de mi Rey Agua. Nuestras bellas armaduras azules de hierro mágico nos distinguían de los civiles. Bueno, a mi no. En verdad, los únicos que sabían que yo estaba ahí eran mis gallardos compañeros vestidos de azul.
Sonaron las caracolas. Las terribles caracolas de guerra del Rey Agua, llamando a todos los soldados del Rey a la guerra. Las caracolas que causaron un pánico entre la gente. Para nosotros, determino que entráramos en acción. Para mi, la acción representaba escuchar las ordenes mágicamente amplificadas en mi mente del General Kurgan Bloodaxe, el temible enano mas asesino del mundo.
“Drago, zombis han empezado a atacar gente en el panteón. Es imperativo que dejen entrar a toda la gente que puedan y luego cierren el porticulis y no permitan entrar a los zombis!” La voz de mi General siempre estaba calmada pero furiosa. Como la voz que uno espera de un asesino en serie platicando con la policía.
El líder de la guardia del porticulis, Olaf, se acerco a mi para oír mis ordenes.
“Que entre la gente que pueda. Cerramos si vemos zombis!” le dije con mi telepatía.
“Que entres los que puedan!!” Grito el a el elfo, que estaba mas cerca de el mecanismo del porticulis.
Instantáneamente, el enano y el kobold empezaron a pastorear civiles para que entraran sin estampida a la seguridad de la gran muralla. Los pocos que estaban cerca se metieron de cuatro en cuatro. En pocos momentos una muchedumbre de cientos de civiles empezaron a llegar, y detrás de ellos, zombis!
Olaf reconoció que teníamos que cerrar el porticulis para evitar una estampida humana que resultaría en un baño de sangre. Con lágrimas en sus ojos, grito la orden:
“Cierren el porticulis! Cierren el porticulis!”
Pero fue demasiado tarde. Los zombis ya estaban aquí, entremezclados con los vivos, dándoles muerte súbita y sangrienta muerte con sus garras cadavéricas. Fue en el momento que llegaron los zombis que yo desperté de mi hibernación voluntaria. Mis músculos empezaron a calentarse con sangre fresca que palpito por mis venas, impulsada por un corazón que empezó a latir con el único deseo en mi mente ya para este momento: destruir los enemigos de mi pueblo!
Mi primer ataque dio causa a mis compañeros de jubilo. En cuestión de menos de un minuto, diez zombis yacían descuartizados bajo mis patas acorazadas. Desafortunadamente, tantos fueron los zombis que no solo mataron a todos los civiles de nuestro lado del porticulis, pero también fueron suficientes para rodearme de nuevo.
Pero lo mas aterrador del ataque fue que por cada civil asesinado, otro zombi se animaba minutos después, formado del cuerpo de la victima.
Las garras de los zombis no penetraron la dura armadura de mis amigos fácilmente, y en cuestión de unos cuantos minutos, las espadas de mis compañeros y mis temibles pinzas y aguijón descuartizaron suficientes zombis para crear un pequeño montículo de piernas, brazos y torsos destazados. Aun así, el ataque continuo.
Mi exosqueleto me protegía de las débiles garras de los zombis. Pero lo que les faltaba en fuerza no les faltaba en números. Estábamos perdiendo la batalla. Si no cerrábamos el porticulis, los zombis entrarían a causar mas muerte y destrucción entre los vivos.
No podíamos cerrar el porticulis. Estábamos rodeados. La montaña de pedazos de carne pútrida creció bajo mis pinzas.
El primero en caer fue el kobold. Diminutivo, mas pequeño que el enano, su armadura estaba hecha de material mas ligero para que pudiera moverse con facilidad. Eso causo su muerte. Pues rodeado como estaba, fueron demasiados los golpes que finalmente arrancaron la armadura para encontrar la vulnerable piel escamosa bajo en hierro. Una vez que sacaron su corazón, mi propio corazón casi se detiene cuando pude ver con uno de mis 32 ojos pequeños como el pequeño reptil se levanto en la no muerte desdichada y malévola: sus alguna vez traviesos y alegres ojos se prendieron como dos faros de luz roja diabolica y volteo a atacar a su mejor amigo de la niñez, el elfo, con quien se había graduado de la academia militar hace menos de un año..
El ataque de este zombi kobold dejo al elfo, demasiado ágil y veloz para ser sometido por los otros zombis en un estado completamente indefenso y incrédulo. Morir en manos de tal ser fue demasiado cruel. Pero no fue ni un poco la crueldad de regresar a la vida en forma de zombi.
El enano le puso fin a esas dos tragedias con su pesada hacha. Libro a los dos cadáveres de sus cabezas, y por consecuencia su movilidad. Los enanos en Ciudad Paleta son los soldados celebres de el General Bloodaxe, pues son de su misma raza. Como tal, se espera de ellos siempre lo mejor en todo tipo de combate. El combate contra los muertos vivientes no es nuevo en nuestro mundo, y este particular enano, parecía un experto en justo este tipo de combate. No podía el competir contra mis temibles pinzas, pues el utilizaba solo una hacha.
Su muerte fue a causa se pequeñas heridas sostenidas durante varios minutos de combate. Estaba sangrando de varias heridas, y su hacha dejo de silbar también. Solo quedamos Olaf y yo.
La gran espada de Olaf rivalizaba con mi propia cuenta de brazos, piernas y cabezas destazadas. Pero parecía no haber fin a los muertos vivientes. Una diminuta hobbit vestida con la armadura azul llego a nuestro rescate en lo que concernía mi misión principal: cerrar el portón. Logro activar el pesado mecanismo y en pocos momentos, las masivas puertas de hierro se cerraron detrás de nosotros.
Claro, toda esperanza de supervivencia se detuvo ahí para mi. Seria fácil escapar la batalla para mi, pues yo puedo subir cualquier pared como mis pequeños parientes lo hacen en las residencias de Ciudad Paleta. Pero jamás abandonaría mi puesto. Destruiría estos horribles seres asta el fin de mi propia existencia.
El General tenia otras ideas para nosotros. Una elfa negra, lugarteniente en el ejercito llego al muro y después de aventar un par de grandes bolas de fuego sobre la muchedumbre interminable de cosas muertas que querían matar cosas vivas y grito:
“Sálganse de ahi!”.
Una orden es una orden. La primera en acudir a cumplir la orden fue la hobbit que brinco sobre mi hombro y me grito:
“Sube la maldita pared, arácnido!”
“Pero hay que rescatar a Olaf!” Dije yo.
“Ya esta muerto!” Dijo ella.
No pude ver a mi amigo entre cientos de zombis que lo rodeaban y cubrían completamente.
Brinque sobre los zombis y empecé a subir la gigantesca muralla, jurándome a mi mismo que si mi amigo había sucumbido a las garras de los no muertos, yo mismo me aseguraría de regresarle la dignidad de una verdadera muerte.
Lo busque desde las alturas de la muralla con mis 32 ojos. Pero entre la muchedumbre de cosas que deberían estar muertas, ya no lo logre ver. Al que si vi fue al enano, que ya también había juntado su propia persona al ejercito maldito del demiurgo.
Solo cuando vi los aterrorizados rostros de los supervivientes me di cuenta de la seriedad de nuestra perdida. Ciudad Paleta había caído. Lo único que quedaba de el mundo que yo conocía estaba detrás de esta gran muralla de las Tres Torres.
La muralla que separaba los vivos de los muertos.
Wednesday, July 7, 2010
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